20 | Columnista Qué difícil es elegir una carrera, dijo un día el gran Nairo Quintana, a quien le faltó una papita para ganarse otra vez el Giro de Italia el pasado 27 de mayo. Pero sí. Escoger carrera no se puede hacer a las carreras, pues al elegir la profesión se elige el futuro, lo que se va a ser, de lo que se va a vivir. Y en el futuro están una familia, hijos, calidad de vida, éxito, felicidad. “Eso, eso”, como decía el Chavo: la felicidad, que es lo fundamental. Miles, centenares, decenas... bueno, no sé, porque yo escogí una que no tuviera que ver con matemáticas, pues de ellas solo sé que nada sé, sumercé, como dijo Sócrates. De números apenas he aprendido que la mitad de uno es el ser amado. De verdad, cada vez es más complicado elegir carrera, como también dicen los de Uber con miedo de que los llame un policía. Es una tarea de la familia, marcada por millones de consideraciones. Muchas veces no por la aptitud, las habilidades personales, los sueños que, como soñar no cuesta nada, derrochamos. Y eso es bueno. Resulta que, aunque se supone que todos tenemos los mismos derechos pero distintos reveses, que los hijos escojan la carrera es hasta peligroso. Un muchacho le dijo al padre que deseaba estudiar Medicina y lo mató de infarto. Porque hoy, ser médico, abogado, ingeniero puede costar fácilmente, o difícilmente, si es a crédito, 200 millones de pesos y una úlcera. Hay padres de oftalmólogos tuertos, porque las carreras de los hijos les cuestan un ojo de la cara. Y hay que hacer especialización. Hoy, casi todos los nuevos profesionales hablan dos lenguas y son especialistas en algo. Se necesita. Por ejemplo, los políticos hablan español y cháchara. Y hay especialistas en chanchullos, en amañar contratos, en subirse los sueldos... Pero, por fortuna, en este país hay personas especialistas en surgir en la vida a pulso, en carreras de alta montaña, pues todo es cuesta arriba. En este mes, el 8 de junio, se celebró el Día del Estudiante en Colombia, según lo estudié. Bonito día. Este mes deberemos exaltar a quienes con poco llegan lejos. Aquí hay miles de pilos que se ganan becas, y hay miles de padres y madres PhD en economía de hogar para pagarles las carreras a sus hijos, al estilo Por Luis Noé Ochoa No elegir CARRERA a la carrera de ciertos contratistas de obras: tapando un hueco y destapando otro. Emociona ver a esos estudiantes de fotocopia, de café internet, los de la generación del milenio y del TransMilenio, con poco para la merienda pero duros, resueltos a coronar, trasnochadores. Son mis nairos de la U. El orgullo de los padres debe ser infinito. Vi el otro día de grados a una madre que besó a su hija, besó el diploma y dijo: “Nos graduamos”. Hace poco, una vendedora ambulante estaba terminando su carrera de Derecho, después de las carreras que le pegó la policía. Creo que la tesis es sobre cómo salir del sándwich social. Aquí hay gente de empuje; no solo empuja en los buses llenos, sino en el día a día, gente ‘berráquira’, como el carranguero Jorge Velosa, que impuso ruana y mochila en la Nacional. Por eso, aparte de ser Pilo Paga, este país debería ampliar la universidad pública. Y crear un programa ‘Ser pillo no paga’ y, con los dineros que se les quiten a los corruptos, ofrecer becas. Que los que denuncien a un pícaro se ganen una beca, que haya créditos blandos, como las curules. Y que haya oportunidades. Porque, después de largas trasnochadas y las contrarrelojes de cada mañana, salen los muchachos con el morral de las ilusiones lleno de hojas de vida, pero muchas veces, como el desempleo juvenil es alto, les ofrecen casi el mínimo, o les piden tres años de experiencia. No se necesita que ganen como congresista, pero sí lo justo. Y que les abran puertas. En estas vacaciones, padres e hijos, es bueno mirarse, agradecerse y pensar en que luego de tantas etapas, nairos de los libros, la meta queda en un sitio que se llama La Felicidad y está cien metros adelante del Arco del Triunfo, al que se llega entre todos. “… cada vez es más complicado elegir carrera, como también dicen los de Uber con miedo de que los llame un policía. Es una tarea de la familia, marcada por millones de consideraciones. Muchas veces no por la aptitud, las habilidades personales, los sueños que, como soñar no cuesta nada, derrochamos…”.
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