Copidrogas octubre 2014

Octubre de 2014| 71 Copidrogas Del ‘museo’ de los Arango forman parte algunos objetos de otras boticas del Líbano. Una de ellas fue la del médico valluno Carlos Crispino, quien decidió venderla. De esta noticia se enteraría Rosalbina, una hija del fundador Loboguerrero, quien siendo una niña tuvo clara la importancia de este material, por lo que le anunció al doctor que su padre se la compraría aunque no tenía dinero. De esta osadía de aquella pequeña, resultó otra recopilación de frascos que hoy están en la colección. Otras colecciones ya sea porque se los han regalado o porque los han comprado. La gran mayoría proviene de Suiza, donde reside una de las hermanas Arango, de Alemania y de Colombia. En el segundo compartimento, están los objetos propios de la farmacia. Los primeros que resaltan a la vista son frascos americanos comprados por Loboguerrero en 1925. En ellos se envasaban líquidos como el brandy, que se utilizaba en las preparaciones; gránulos, jarabes, mieles, esencias, entre otras sustancias. Por eso, según la función, la boca podía ser grande, mediana o muy pequeña; así mismo, la forma también variaba. Por ejemplo, en uno de boca ancha se guardaban ramitas de alhucema seca. En las etiquetas de estos recipientes, todavía se puede leer lo que contenían y algunos hasta conservan aún las sustancias y sus olores. Esencias de menta, eucalipto, cereza, limón y clavos; gotas de veneciano, soluciones de valeriana, nitratos de plata y azul de metileno son algunas de las que se alcanzan a percibir. en los estantes, sino para llevar las preparaciones a su casa. Además, tenían que ser bonitos, porque de esta manera impactaban psicológicamente en la salud del paciente, dice Arango. La colección de morteros también llama especialmente la atención. Pues en ella no solo se encuentran dos verdaderas reliquias (ver recuadro ‘Las dos joyas…’), sino toda una gama en tamaños, funciones y materiales. Así se puede encontrar desde el mortero de porcelana para procesar materiales blandos que no tiñen, hasta el de vidrio para sustancias colorantes o el de bronce para tareas más pesadas. Pero estos no son los únicos elementos. Hay muchos más: embudos de vidrio para envasar los líquidos, balanzas con las que se pesaban las porciones para cada fórmula, un molde metálico con el que se hacían las llamadas obleas (una especie de pastillas que en realidad eran las cápsulas antes de que se conocieran las actuales, que, posteriormente, también llegaron a la farmacia), instrumentos de inyectología, un botiquín de homeopatía –disciplina que practicó el abuelo–, copas graduadas para la medición de sustancias líquidas, entre otros objetos que son un verdadero patrimonio cultural en un museo privado, que, por ahora, no está abierto al público. Y es que la importancia de los frascos era doble, pues no solo servían para que el público viera las materias primas Gramera y pesas que se empleaban para calcular la cantidad de sustancias en cada fórmula. En este libro se anotaban las fórmulas magistrales que se preparaban en la Farmacia Universal.

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