Mayo 2026 | 49 COLUMNISTA Coopidrogas Flavia Dos Santos Psicóloga y sexóloga Segura de sí misma Hablar de autoestima ya se tornó tan común y cliché que hasta los coaches de autoayuda se están replanteando sus vocabularios para seguir vendiendo la idea de que todo se resume en repetir frases “poderosas” para sí mismos en todo momento, como si el ser humano estuviera exento de sus historias personales, de sus traumas, de sus aprendizajes y deseos, y así pudieran ser reprogramados como el software de un computador dañado. ¡Pero no! Esa fórmula, no tan secreta, suele tener efectos tan temporales como los de los batidos para adelgazar… Somos seres individuales y con historias tan únicas que a cada uno se nos fue construyendo la autoestima de acuerdo con nuestra crianza, nuestro entorno, nuestras experiencias e interpretaciones de vivencias. Lo que ciertamente podría hacer un efecto claro sobre tal construcción es revisitar el pasado y cuestionarlo para encontrar nuevas percepciones, y así redefinir la imagen y conocimiento de sí misma, o sea, se necesita terapia profesional real para verdaderamente trabajar la autoestima, es decir, la evaluación de sí misma independientemente de los éxitos o fracasos en la vida. Pero hay un tema poco valorado y, creo yo, más eficaz en lo cotidiano, ya que depende mayormente de una construcción basada en logros del día a día, por menores que sean, de lo que uno pueda incluso darse cuenta, la seguridad en sí misma. Lejos de frases de cajón, la seguridad, sobre todo femenina, crece con la creencia en las propias habilidades, en los propios aprendizajes y en las competencias que van siendo adquiridas a lo largo de la existencia, por ejemplo, un trabajo específico que aprendió a hacer, un talento personal que fue siendo desarrollado o la facilidad de entendimiento sobre alguna materia específica. Saber que sabe y no temer a ese saber explica la estructura de esa mujer que vemos tan segura y tan poco miedosa. La mujer segura es esa que logra ser auténtica porque ya no se obliga a comprobar nada a nadie, que no teme a la falta de amor del otro ni tampoco al abandono, pues es consciente de que merece siempre más y mejores cosas. Es además la mujer que cuida de sí misma en primer lugar y hace todo a su tiempo, ya que es capaz de darse la prioridad en su vida y no se deja consumir por la culpa de no anteponer a otros. En suma, es la mujer segura quien ignora cualquier migaja en el amor porque comprende que tiene mucho para dar y, sobre todo, mucho para recibir. El amor a medias, el mediocre no la satisface. Ser segura de sí es toda una filosofía que conduce a la certeza de que podemos seguir adelante sin temor de interrumpir los pasos hacia objetivos que nos propusimos alcanzar sin mirar a atrás, porque, más que todo, nos mueve el motor de la confianza en nosotras mismas. Podemos en esa tesitura, finalmente, enfrentar los retos de una sociedad que aún privilegia al hombre, de modo a probar naturalmente que a nosotras tales privilegios se nos han ido dando poco a poco, como, por ejemplo, cuando viajamos en un avión comandado por una de nosotras, que se hace acompañar por una colega sentada en la silla a su derecha. Tal ejemplo nos garantiza que la seguridad de ellas la transmiten a los pasajeros y, a su vez, generan la tranquilidad de un vuelo seguro. No es, en su esencia, distinta a la percepción que tienen los hombres cuando se encuentran con un aviso de venta de un carro en el que se lee “única dueña”, dando a entender que tal vehículo ha sido tratado con más atención y conducido con mayor prudencia para su conservación y protección de sus ocupantes. En fin, adoptando resolutamente la disposición de enfrentar la vida y los retos en una gran mayoría inculcados en nosotras por una cultura aún un tanto misógina, les digo que no hay nada que temer, sino al temor mismo.
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