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Julio 2026 | 59 Coopidrogas Y en 1810 se da el grito de Independencia, así que el Claustro tuvo una misión histórica: el Gobierno Español lo destinó como Hospital Militar del ejército expedicionario, hasta el 10 de agosto de 1819, cuando las camas fueron ocupadas por los enfermos y heridos vencedores en Boyacá. Al crearse la República, el antiguo convento sirvió por largos años como hospital militar. En 1823, el Gobierno lo cedió al Hospital de Santa Librada, hasta 1854. En 1850 se construyen los pabellones que incrementan en dos pisos la parte del sur del Claustro (Salón de los Espejos) y otro pabellón que parte de la cara oriental de la ampliación y que conformó el estrecho patio al oriente del lugar. En 1854, se fundó allí el Hospital de Sangre hasta 1865 y de ahí pasó a ser el Hospital Civil de la Sociedad de San Vicente de Paúl hasta 1872, cuando el Estado creó una escuela de letras, administrada por los dominicos. “Dada la coincidencia en fechas, investigaciones afirman que allí estudió en sus primeros años el poeta José Asunción Silva”, asegura Michelle Olarte, de Artesanías de Colombia. En 1974, el predio fue adquirido por la directora de Artesanías de Colombia, Graciela Samper, por ocho millones de pesos, cifra que suscitó escándalos para la época. Artesanías de Colombia le incluyó la actual pileta y, entre el 2015 y el 2017, realizó la más reciente restauración. Por su parte, la iglesia fue restaurada en el año 2000. DE FANTASMAS Y OTROS ESPANTOS Luego de que por él transitaran tantas generaciones de personas: religiosos, soldados heridos, enfermos, niños, fallecidos… lo más normal es que el Claustro de Nuestra Señora de las Aguas tenga su fantasma propio. El escritor José María Cordovez Moure lo bautizó “El fantasma de las Aguas”, una sombra blanca que deambula por las noches con una lámpara azul en la mano, cantando las letanías del rosario y cantos gregorianos. Así aparece mencionado en el Boletín No. 4 Acontecer de las Aguas (Artesanías de Colombia 1995). Por su parte, el espanto del barrio se llama “El espeluco”. Jorge Bayona Posada, en su texto Los fantasmas de Santafé, narra que habitó en las Aguas una muchacha de gran belleza que, conociendo sus cualidades, se atrevió a decir en una reunión que su pelo era más bello que el de la Virgen de la parroquia, aludiendo a la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de las Aguas. Dicho esto, un trueno convirtió su pelo en serpientes —al mejor estilo de Medusa— y después de eso, el diablo se la llevó. Así, con varias vocaciones, actividades y paso de hombres y mujeres que han sido parte de la historia de Colombia y la de la capital, el Claustro de Nuestra Señora de las Aguas es una joya que vale la pena conocer y conservar. Entre 1872 y 1930, el Claustro alojó a las religiosas francesas de la congregación del Buen Pastor, un noviciado, escuela primaria y colegio de niñas y actividades artesanales, entre ellas una fábrica de bocadillos veleños, pastelería y obleas. En 1930 pasó a manos de las Hermanas de la Caridad de La Presentación y en 1950, al Gun Club, que lo utilizó como sede durante 24 años. Recorrer el CLAUSTRO transporta a sus visitantes a la Bogotá COLONIAL con sus PINTURAS recuperadas de algunos muros. Las artesanías colombianas ambientan los espacios.

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