64| Diciembre de 2014 Columnista Invitado Los tiempos han cambiado mucho. Matusalén, el abuelo de mi tocayo Noé, era un hombre de toda la barba, parecido a Papá Noel. Murió en su cama, de 969 años, muy vital aún. “Se acostó bien y se despertó muerto”, dijo un sobrino. Es que eran tiempos más sanos, seguros, de poco estrés, sin problemas de movilidad, ni de miedos porque lo atracaran por el celular, ni por ‘paseos millonarios’; tiempos sin ébola ni sida. Épocas felices, en las que no tocaba pedir citas médicas a largo plazo, sino que el propio Jesús era el médico de cabecera. ¿Se imaginan? El sistema de salud era tan bueno que a algunos los resucitaban. Don Matu, como le decían los amigos, tuvo su primer hijo, Lamec, muy joven, a los 178 años, con su novia de toda la vida. Los papás lo regañaron por no acabarse de criar, y ya con hijos que mantener. Sin embargo, el nacimiento del niño, dicha de aquel cristiano, fue toda una fiesta. Además, dicen que nació cerca del 24 de diciembre, por lo cual, como se ha hecho por secula seculorum, le empataban el regalo de cumpleaños y el del Niño Dios. Las cartas de Lamec en hebreo al Niño Dios decían, más o menos: “Divino Salvador: como me he portado bien, creo que merezco unas sandalias nuevas, o un cayado de juguete, o un cordero manso”. Cosas sencillas se deseaban. Bella costumbre, que se ha ido perdiendo. Cordero manso ya no se pide, sobre todo porque a algunos lo que les ha llegado es una oveja arisca, cuando no completamente descarriada. Los párrafos anteriores, con algunos datos de un viejo amigo teólogo al que le decimos güiskipedia, solo quieren significar que la Navidad es una de las fiestas católicas más antiguas, hermosas y enriquecedoras de la humanidad. Bueno, a veces es empobrecedora. Pero data, al parecer, del siglo IV, cuando comenzó a celebrarse en serio la Natividad del Salvador el 25 de diciembre. No el 24. Este día es para intercambio de regalos y abrazos. Y se mantienen las tradiciones de los pesebres, los árboles –de ahí que quien a buen árbol se arrima buen regalo le cae encima–, las novenas, los villancicos, las cartas. Pero cartas de verdad, de puño y letra, porque hoy muchos ya casi chatean con el Niño Dios. Hasta con irrespeto: “Pelao, si puedes, mándame una tablet”. ¿Cómo así? O le envían un correo electrónico o un mensaje por WhatsApp, para pedirle un iPhone 6, un portátil, la camiseta 10 de James y, si se puede, con el balón de oro. Cambian los tiempos, sí, pero no debe cambiar el espíritu navideño, así tengamos la edad de Matusalén. La Navidad es, como decía Kid Pambelé, de dar y recibir, pero no tanto cosas materiales, sino afecto y gratitud; es, igualmente, compartir en la medida de nuestras capacidades. Y si es generosidad la Navidad, los Reyes deben ser fechas de bondad. Pienso en los niños que no tienen ni el lápiz para escribir la carta; en los que no tienen ni padre de sangre ni putativo, porque seguramente se lo llevó el monstruo que llamamos guerra. Pienso, también, en los niños que andan en esa guerra, a los que no les dejan enviar la carta ni por correo humano. En fin, pienso, luego insisto, dijo Chespirito, quien celebrará la Navidad con el Niño Dios en persona, que sería grande que dedicáramos esta época a la familia, pero también a dar al que poco o nada tiene. Así aplicamos la frase de Mateo: “Donde está tu tesoro, está tu corazón”. Como dijo Cantinflas, ahí está el detalle, porque es el detalle lo que vale, es el momento, el que arranca una sonrisa o un ‘gracias’ inolvidable. ¿Han visto algo más hermoso que la sonrisa de un niño con sus dientes nuevos, o de un viejo sin sus dientes viejos? Y maravilloso que todo fuera en paz, una época donde las únicas víctimas fueran los pavos. ¡Feliz Navidad! Por Luis Noé Ochoa La Navidad de Matusalén
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