Septiembre 2025 | 71 Coopidrogas con las figuras excéntricas, incomprendidas y modernas. El segundo fue Prosas profanas y otros poemas (1896), una obra que rompió todos los moldes establecidos de la poesía hispánica. Desde Buenos Aires, su nombre comenzó a sonar con fuerza en los círculos literarios de América Latina y Europa. Se convirtió en una figura admirada y polémica, y sus poemas eran objeto de análisis, imitación y también de rechazo. “Fue en esta ciudad donde dejó de ser un joven con talento para convertirse en una figura central de las letras hispanoamericanas”, resalta Pedro Mejía, comunicador social y experto en literatura hispanoamericana. PARÍS, MADRID Y LA CONSAGRACIÓN Rubén Darío viajó muchas veces a varias partes de Europa, pero París fue su faro. Allí conoció de cerca el simbolismo, el decadentismo, la música de Verlaine y la estética de Mallarmé. Aunque hablaba poco francés, comprendía lo esencial: la poesía podía y debía ser arte, música y emoción, no solo contenido. Como corresponsal de La Nación, sus crónicas europeas fueron leídas con éxito. En Madrid se relacionó con escritores como Juan creó una nueva sensibilidad para el idioma. Su ruptura fue formal y espiritual. Él comprendía que la belleza también era una forma de resistencia”, comenta Mejía. EL FINAL DEL VIAJE Y UNA VOZ QUE NO SE APAGA En 1915, Rubén Darío regresó a Nicaragua. Estaba enfermo, cansado y consciente de que la muerte se acercaba. Luego de años viajando entre América y Europa, quiso volver a la ciudad de León, donde había crecido rodeado de libros y de sus primeras palabras. Lo recibió un país que lo admiraba y lo honraba como el más grande de sus hijos, aunque él llegaba sin riquezas, con el cuerpo debilitado por años de alcohol, enfermedades y fatiga. Sus últimos meses fueron difíciles. Sufría de una cirrosis avanzada, tenía fuertes dolores y apenas podía escribir. Aun así, seguía recibiendo visitas de estudiantes, periodistas y admiradores que le rendían homenaje. En medio de su debilidad física, conservaba aún su lucidez y su cortesía. Murió el 6 de febrero de 1916, a los 49 años. El entierro fue multitudinario. Lo sepultaron en la catedral de León, bajo una estatua de mármol blanco: un león dormido cuida su tumba, símbolo del descanso eterno del poeta. Pero Rubén Darío no murió del todo. Su obra sobrevivió y se volvió esencial para entender la evolución de la literatura en español. Fue él quien rompió con los modelos rígidos heredados del siglo XIX y abrió la puerta a una poesía más libre, musical y moderna. Poetas como Pablo Neruda, Federico García Lorca, Octavio Paz o Juan Ramón Jiménez lo leyeron con devoción. Su influencia se siente en la forma en que hoy se escribe en español, en cómo usamos el ritmo, las imágenes y los silencios. Ramón Jiménez y Ramón María del Valle-Inclán, y tuvo gran peso político y literario. En 1905 publicó Cantos de vida y esperanza, con el que mostró su madurez espiritual y literaria. Allí aparece “A Roosevelt”, uno de sus poemas más conocidos, una crítica fuerte al imperialismo estadounidense. Fue un gesto de orgullo y rebeldía latinoamericana. “Rubén Darío no era solo un artista del lenguaje, también era un pensador con voz propia. Además, no solo fundó el Modernismo, sino que Modernismo: la revolución DEL POETA El Modernismo fue un mo- vimiento literario que na- ció en América Latina a finales del siglo XIX. Buscaba renovar el idioma, dándole más belleza, ritmo y libertad. Los escritores modernistas usaban un lenguaje más musical y visual, influenciados por corrientes europeas como el simbolismo y el parnasianismo. Rubén Darío fue el principal impulsor de este cambio. Con libros como Azul… y Prosas profanas rompió con las formas tradicionales y abrió un camino nuevo para la poesía en español. Por eso, se le considera el padre del Modernismo y una figura clave de la literatura hispanoamericana. Aunque estuvo en varias ciudades de Europa, París fue su faro. Foto: ©2025 SHUTTERSTOCKPHOTOS Foto: ILAPINTO
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