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Noviembre 2025 | 61 Coopidrogas Hay actores que interpretan papeles memorables, y hay otros que se convierten en sinónimo de esos personajes; Sean Connery pertenece a la segunda categoría. Con un simple gesto de cejas y con su voz grave pronunciando el famoso “Bond, James Bond”, transformó a un espía literario en el arquetipo de elegancia masculina del siglo XX. No obstante, detrás de la silueta impecable y de su imponencia cinematográfica había un hombre hecho a pulso. Nacido en los suburbios de Edimburgo (Escocia), conoció la pobreza, la disciplina del trabajo fuerte y la dureza de la vida antes de alcanzar el brillo de Hollywood. INFANCIA, ENTRE CARENCIAS Y DISCIPLINA Thomas Sean Connery llegó al mundo el 25 de agosto de 1930 en Fountainbridge, un barrio obrero de Edimburgo, conocido en esa época por sus fábricas de caucho y destilerías. Era un lugar de techos bajos, viviendas estrechas y olor a humo, donde las familias sobrevivían con lo justo. Sus padres, Joseph Connery, camionero y trabajador de fábrica, y Euphemia McBain, empleada doméstica, se esforzaban por sacar adelante a Sean y a su hermano Neil. La precariedad era tal que, según recordó años después, cuando era bebé durmió en un cajón porque no había dinero para una cuna, tal y como lo destaca el artículo titulado “Antes de Bond: los primeros años de Sean Connery”, publicado en Sight and Sound (una revista del Instituto de Cine Británico). A los 9 años ya recorría las calles de Edimburgo repartiendo leche. A los 13, abandonó la escuela para trabajar en diferentes oficios. En 1946, con apenas 16 años, buscó un camino distinto alistándose en la Marina Real Británica. Su sueño era recorrer el mundo, pero tres años después recibió la baja médica por una úlcera de estómago crónica. La infancia de Connery, lejos del glamour que más tarde lo acompañó, lo formó como un hombre que nunca renegó de esos orígenes: “No importa cuán difícil o carente era la situación en la que vivías de niño, no se consideraba difícil. Creo que como niños no somos conscientes de eso. No tienes nada con qué compararlo”, declaró en una entrevista recogida por The Guardian en el año 2004. Esa convicción fue el motor de su ascenso, desde los barrios obreros hasta los sets más importantes del cine en el mundo. EL CULTURISMO Y LA PUERTA AL ESPECTÁCULO El físico atlético de Connery comenzó a destacarse en su juventud. En 1950 se dedicó al culturismo y llegó a competir en el concurso de Míster Universo. No ganó el título, pero sí un reconocimiento que le abrió otra puerta inesperada: el teatro. Mientras trabajaba como modelo de desnudo artístico en la Escuela de Artes de Edimburgo, fue reclutado como extra para el musical South Pacific. Aquella experiencia fue su primer contacto con los escenarios. En poco tiempo pasó de ser un simple figurante a obtener papeles secundarios. Su carisma y su voz particular lo ayudaron a hacerse notar. Ese fue el inicio de un camino que lo llevó al cine, aunque sin imaginar aún que su destino sería convertirse en un ícono mundial. Durante la década de 1950, Connery empezó a aparecer en pequeños papeles en producciones El ACTOR tiene su estrella en el PASEO de la fama de HOLLYWOOD. Foto: RINGO CHIU Foto: GO MY MEDIA Connery, junto a las actrices Pamela Salem y Bárbara Carrera, con quienes compartió set en la película de James Bond de 1983 Nunca digas nunca jamás.

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