Noviembre 2023 | 67 Coopidrogas DE LA PINTURA A LA ESCULTURA Consolidado como artista pictórico, a principios de los años 70 el carácter artístico del maestro coqueteaba cada vez más con la escultura, lo que se manifestó en algunas obras preliminares a base de pasta de arcilla. Sobre esta inclinación, Botero declaró: “La verdad es que yo durante años tenía la ilusión de hacer escultura algún día y, finalmente, en el año 74 paré de pintar por dos años, me dediqué a aprender el oficio del escultor, que es distinto, y hoy en día trabajo varias veces al año en escultura y el resto del tiempo en pintura”. Y su faceta de escultor no se vio opacada por la de pintor, por cuanto en 1977 expuso por primera vez sus esculturas en el Grand Palais de París, ciudad en la que se encontraba instalado desde 1973 y donde encontró a quien fue su esposa definitiva. Así, hacia 1978 contrajo matrimonio con la escultora y pintora griega Sophia Vari, quien falleció en mayo pasado y junto a quien sus restos fueron sepultados en Pietrasanta, pues esa fue su voluntad. En 1983, Botero se trasladó a Pietrasanta, una localidad de la región de la Toscana (Italia), famosa por ser un centro internacional de la elaboración de mármol y bronce, una decisión estratégica para impulsar su vocación como escultor. Allí concibió una abundante cantidad de piezas en bronce y mármol, algunas de las cuales se exhiben en Medellín, Bogotá, Barcelona, Singapur, Nueva York, Buenos Aires, Ereván, Lisboa y París, entre otras ciudades. Los últimos años, de quien se dice fue el artista vivo que más exposiciones en museos celebró a lo largo de su carrera, los pasó en París, Pietrasanta, Nueva York y Mónaco —por la amabilidad de su clima y también por la calidad de su red hospitalaria—, donde falleció a causa de una neumonía. Lo cierto es que sus voluminosas obras perdurarán en los lugares más representativos del mundo para recordar a un Fernando Botero que prefería mantener sus creaciones en las calles, ante los ojos de todos, sin distinción. EL ‘BOTERISMO’ La deformación de los volúmenes corporales y su antinatural ensanchamiento se convirtieron en el rasgo más distintivo de la producción artística de Botero, reconocido como fundador de una identidad estética a la que algunos han llamado “boterismo” y con la que se ven representadas diversas situaciones de la condición humana en general, y del panorama colombiano en particular. Tracy Atkinson, el autor norteamericano que ha estudiado más ampliamente su obra, explica que él retrató “un mundo que sufre de gigantismo, pero lleno de inocencia y de la mejor voluntad”. Otros conciben al “boterismo” como el universo imaginado en el que habitan “los gordos de Botero”, especímenes dignos del realismo mágico, que desfilan por pinturas y esculturas en la forma de monjas, sacerdotes, militares, prostitutas, presidentes, frutas tropicales, caballos, toros, palomas, gatos, perros y elefantes. Ser el principal exponente de esta matriz artística consolidó al maestro como alguien capaz de adaptar cualquier cuerpo existente a su particular estilo. Incluso, su hijo Fernando Botero Zea afirmó que su padre solía quejarse de “tener más obra que tiempo”, es decir, que contaba con más ideas y formas de expresión en su mente que tiempo para plasmarlas en piezas concretas. Fresco La puerta del Paraíso, en la iglesia de la Misericordia en Pietrasanta (Italia). El MAESTRO expuso por PRIMERA vez, en París, sus ESCULTURAS en 1977. Foto: CLAUDIO GIOVANNI COLOMBO Foto: DAVIDE CERCHIARO
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