Marzo 2025 | 55 COLUMNISTA Coopidrogas Flavia Dos Santos Psicóloga y sexóloga ¿Se puede seguir juntos después de la infidelidad? Esa es una pregunta que llega al alma de todos: los que siguen juntos, los que no siguieron y los que no saben si continuarán, pero lo cierto es que el tema despierta temor, es doloroso y se necesita urgentemente hablar de frente y con el pecho abierto. La infidelidad es uno de esos puntos que se queda en palabras a medias, ya que cada persona tiene sus propios criterios a la hora de pensar y de definirla; no obstante, poco se habla dentro de la relación, pues el miedo a enfrentar el quiebre de la confianza, y sobre todo de la ilusión, termina llevando a que el silencio sea lo más común. La traición es difícil de entender debido a que toca directamente la autoestima o, mejor dicho, nuestro narcisismo, aquel en el que creemos que siempre vamos a ser la única fuente de interés y deseo del otro, así como cuando pensábamos de niños que éramos la única y exclusiva fuente de amor y existencia de nuestros padres. A medida que crecemos nos desilusionamos al descubrir que ellos también aman a sus otros hijos, a sus parejas, a sus demás familiares, a sus amigos y hasta a sus trabajos, dejándonos con la sensación, que siempre nos acompañará, de abandono y, en especial, de traición. Es el desamparo estructural que siempre estará, de una u otra manera, presente en la vida de todos, haciendo que sintamos que algo nos falta y, por eso, somos insuficientes, pero cuando vivimos la traición dentro de la relación de pareja, todas esas sensaciones infantiles de abandono y de insuficiencia regresan, llevándonos a pensar que algo faltó en nosotros o en la relación y, por ello, el amor no pudo persistir, pero podemos ver que la situación no es tan simple. Más allá de la pérdida de la confianza, la infidelidad lo que nos muestra de forma violenta es que nunca fuimos ni seremos la única fuente de deseo del otro. Es más… nos enseña la realidad del deseo, que es ambiguo, confuso, libre, y, por más que quisiéramos, narcisistamente, ser todo en la vida del otro, estamos obligados a reconocer que no lo somos, de la misma manera que tampoco nunca será, en nuestras vidas, una única persona fuente exclusiva de nuestro deseo. Las personas felices, las que aman, las comprometidas también pueden ser infieles, dado que muchas veces se ama cuando no se desea, así como se desea cuando no se ama, y aun así las relaciones que realmente quieren y se lo proponen pueden ser reconstruidas, tomar nuevos contornos y crecer. Pero no desde la culpa o la acusación, sino desde el reconocimiento de la falta que cada uno carga, desde la constatación de la realidad acerca del deseo y, principalmente, desde el compromiso en construir una nueva relación basada en lo que cada uno es verdaderamente y reconociendo su propio desamparo, su propia falta y el deseo de seguir amando al otro. “Más allá de la pérdida de la confianza, la infidelidad lo que nos muestra de forma violenta es que nunca fuimos ni seremos la única fuente de deseo del otro”.
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