Copidrogas Marzo 2014

74| Marzo de 2014 Cultura  ENTRE VERSOS Y AGUARDIENTES Un gran protagonista de la vida de nuestros cafés fue el maestro León de Greiff, que aprovechaba el tiempo libre que le dejaba su trabajo como contabilista para escribir sus afamados versos. El poeta Fernando Arbeláez escribiría: “En una esquina del fondo del café (Asturias), León de Greiff pergeñaba (organizaba) solitario sus mamotretos entre copa y copa de aguardiente”. Según Cobo Borda, Augusto Ramírez Moreno reconstruyó la nómina del café Windsor, entre los cuales mencionamos solo los más conocidos: “Todas las tardes a las cinco y todos los domingos de una a siete de la tarde se reunían León de Greiff, Alejandro Mesa Nicholls, Luis Tejada, Germán Pardo García, Juan Lozano y Lozano, Palau Rivas, Alberto y Felipe Lleras, Jorge Zalamea, Gabriel Turbay, Jorge Eliécer Gaitán… Durante cinco tinto o sifón, mientras en la calle rueda el tranvía de mulas…”. En cambio, los ‘piedracielistas’ (Carranza, Rojas y Arturo Camacho) preferían la bohemia del Victoria y La Cigarra, lugares donde nació este movimiento literario. Por su parte, el poeta De Greiff frecuentaba todos los cafés literarios de la capital, aunque al parecer se le veía más en el Automático, donde no solo se tomaba, sino que se exponían pinturas. La Cigarra también fue el favorito de lo más representativo de la prensa capitalina, no solo por su cercanía con El Espectador, sino porque tenía una pizarra en la que terminaban escribiendo los sucesos más importantes del día; era una especie de prolongación de la sala de redacción del periódico, cuentan algunos testigos de la época. La mayoría de los cafés bogotanos estaban ubicados en la carrera 7ª entre las calles 11 y 15, y casi todos los mencionados, así como el Martignon, el Lucerna, el Colombia, el Riviere, el Inglés, La Paz, La Gran Vía, Las Botellas de Oro, La Bodega de San Diego, Roma y Niza, hoy solo son parte del recuerdo de los más nostálgicos, pues sucumbieron ante las adversidades y el tiempo. Entre los pocos que aún tienen sus puertas abiertas están: el Automático (1947), bastante cambiado, incluso la dirección (calle 18 con carrera 8ª); el San Moritz (1937), uno de los que mejor se horas se tomaba el café tinto, se recitaban poesías inéditas, se leían prosas acabadas de salir del horno”. Pero también confluían en estos lugares otros grandes de nuestra literatura y pintura, como Ómar Rayo, Germán Arciniegas, Eduardo Zalamea, Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Aurelio Arturo, Eduardo Caballero Calderón, Guillermo Valencia, Álvaro Mutis y el mismo Gabriel García Márquez, quien alguna vez aseguró que su preferido era El Molino: “El café de los poetas mayores, a solo unos doscientos metros de mi pensión y en la esquina crucial de la Jiménez de Quesada con la carrera séptima”. Cada uno tenía su favorito; por ejemplo, el maestro Arciniegas escribió en El Tiempo en 1996: “Lo del Windsor no se repetirá jamás. No tiene nada que ver con las cafés de París o de Viena. Es el café de los hombres solos que no se quitan el sombrero y recitan sonetos, consumiendo FOTO: ©2014 shutterSTOCKPHOTOS El poeta Fernando Arbeláez (al centro) en el Café Asturias, en la zona central de Bogotá; data de principios del siglo XX. Con el Plan de Revitalización del Centro Tradicional de Bogotá se busca recuperar la memoria de los cafés ancestrales y promover su significado cultural.

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