0257 Coopidrogas Junio 2025 - BAJA

62 | Junio 2025 PERSONAJE Así, inspirado por la situación de salud en países tropicales, el médico se enfocó en una enfermedad que mata cada año a cientos de miles de personas: la malaria. Esta afección, transmitida por la picadura del mosquito Anopheles, era una de las más desatendidas del planeta, en parte porque no afectaba de forma masiva a los países ricos. Durante años, el equipo del instituto trabajó incansablemente en una idea revolucionaria: crear una vacuna sintética. Hasta ese momento, todas las vacunas conocidas se basaban en virus o bacterias debilitadas. Lo que Patarroyo proponía era diferente: diseñar en laboratorio los componentes exactos que el sistema inmune requería para defenderse, sin necesidad de manipular organismos vivos. Fue así como, en 1987, luego de más de una década de trabajo, presentó la SPf66, la primera vacuna sintética contra la malaria. La noticia tuvo un gran impacto. Pruebas preliminares en Colombia y Venezuela mostraron niveles de eficacia alentadores. Patarroyo viajó por el mundo, recibió aplausos, invitaciones a congresos, y fue considerado un pionero. CRÍTICAS Y CONTROVERSIA Después de sus primeros ensayos exitosos en Colombia, Venezuela y Brasil, la OMS impulsó pruebas de eficacia en regiones donde la malaria era aún más grave, especialmente en África y Asia. Allí, los resultados fueron menos prometedores. Algunos estudios revelaron que la SPf66 solo ofrecía entre un 20% y un 40% de protección, cifras muy inferiores a las que se precisan para una vacuna de uso masivo. Según un informe publicado por el Journal of Infectious Diseases en 1996, los ensayos en Tanzania y Gambia evidenciaron una protección “modesta” o incluso nula. En 1997, la OMS decidió no recomendar la vacuna para su aplicación masiva, lo que fue un golpe para la reputación del proyecto y del propio Patarroyo. En medio del reconocimiento, tomó una decisión que reflejaba su filosofía de vida: donó la patente de la vacuna a la Organización Mundial de la Salud (OMS) para que pudiera ser usada libremente, sin fines comerciales. Rechazó contratos millonarios con multinacionales farmacéuticas, convencido de que el acceso a la salud debía estar por encima del dinero. Sin embargo, lo más duro aún estaba por venir. EL HOMBRE DETRÁS DEL MICROSCOPIO Más allá de los reflectores, Manuel Elkin Patarroyo fue un hombre sencillo. Se casó con María Cristina Gutiérrez, médica como él, con quien tuvo tres hijos: María Cristina, Carlos Gustavo y Manuel Alfonso; este último es investigador también y continúa con el legado de su padre. Vivió la mayor parte de su vida en Bogotá, y nunca buscó enriquecerse con su trabajo. Hasta sus últimos años, dirigió la Fundación Instituto de Inmunología de Colombia (FIDIC), donde seguía investigando sobre malaria, tuberculosis, lepra, cáncer y otras enfermedades infecciosas. Incluso, durante la pandemia de COVID-19 intentó desarrollar una vacuna con base en los mismos principios de su enfoque sintético. Patarroyo falleció el 9 de enero del 2025 en Bogotá a los 78 años. Con su muerte, Colombia perdió una de sus figuras científicas más importantes, pero su historia sigue viva. Más allá de sus logros y desafíos, fue un pionero que abrió camino en un país donde la ciencia ha sido históricamente olvidada por el Estado. Inspiró a nuevas generaciones de médicos e investigadores, y dejó sembrada la idea de que desde América Latina también se puede hacer ciencia de alto nivel. La vacuna SPf66 logró una PROTECCIÓN hasta del 40% en quienes la recibieron en los años OCHENTA.

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