Julio 2023 | 63 Coopidrogas Y miraba cómo templaban un tiple u oía cómo lo hacían, y yo fui poniendo cuidado, poco a poco, hasta que yo mismo aprendí a templar mi tiple sin nadie que me enseñara, sino por mi propia cuenta. Hoy, yo soy capaz de templar un tiple a oído sin tanto agüero”. Resulta notable la proliferación, a lo largo y ancho del municipio veleño, de instituciones y academias públicas y privadas dedicadas a la enseñanza del tiple y el requinto, un saber que también germina en las escuelas primarias y secundarias con el propósito de inculcar en los más jóvenes el amor por su cultura y la destreza en sus prácticas. AL RITMO DE LOS ANCESTROS El torbellino es una danza de estirpe indígena y campesina cuyas coreografías emulan un refinado proceso de coqueteo y cuyos estilos (el sencillo, el tres, el cuatro, la copa y el moño) se caracterizan por su sutil elegancia, la velocidad de los pasos y la solemnidad de los movimientos. La señal de que un torbellino está por iniciar es la proposición de un danzante hacia quien sería su pareja, invitación que consiste en la entonación del grito “moño pa’ él”, o “moño pa’ ella”, según corresponda, y el sucesivo lanzamiento de una copla de contenido picaresco, por ejemplo: “Ya dejemos de pelear y mejor dame un besito que, aunque vos no me querás, aquí está tu guardadito”. Acto seguido, los bailarines ponen sus pies alpargatados en un trotecito que evoca el andar de las tribus originarias. Su contoneo se despliega al ritmo de una progresión de tres notas que funcionan como base armónica y sobre la cual se imprime el virtuosismo melódico del tiple y el requinto, según dicta la tradición en materia de composición del torbellino. Pasados algunos compases, los instrumentos se silencian súbitamente para abrirle paso a los cantos guabineros. De acuerdo con Atuesta, la guabina, un coro a dos voces habi- tualmente acompañado del tiple y el requinto, “nació en Vélez, en los tiempos en que el alcalde y el cura vestían ruana y alpargata”. Su técnica vocal es herencia de las tribus indígenas chipataes, cocomes y agataes, que antaño habitaron la región Andina y entre cuyas prácticas artísticas figuraba el canto de estribillos sobre una base de flautas de caña de castilla y la percusión de zambombas, quijadas de burro, cucharas criollas y alfandoques, entre otros instrumentos del legado originario que se siguen empleando hoy. Este particular estilo de canto, se dice, deriva de una rudimentaria forma de comunicación que consistía en entonar la voz con potencia y claridad suficientes como para transmitir un mensaje de una montaña a otra. De ahí provienen las altas tonalidades guabinas, ante las cuales los tiples y requintos silencian por intervalos sus cuerdas para recrear el característico ambiente a capela de la noble tradición musical veleña. En últimas, la relevancia de estas tradiciones es tal que la Ley 1602 del 21 de diciembre del 2012 declaró al folclor de la provincia veleña, al Festival Nacional de la Guabina y el Tiple, a su Desfile de las Flores y a su Parranda Veleña como parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. Tan ‘atravesaos’ COMO SU IGLESIA Hacia 1740, en los tiempos en que la organización político-territorial del continente dependía del Imperio español, los veleños se ganaron la fama de “atravesaos” cuando tuvieron la gallardía de atravesársele a la Corona, y a sus medidas tributarias, protagonizando la primera revuelta patriota de la que se tenga registro. Pero ese legado venía de tiempo atrás, cuando en 1560 se enfrentaron al dilema de levantar una iglesia inclinada que mirara hacia la plaza o hacia uno de los costados del parque principal. Por supuesto, honrando su talante, escogieron la más atípica de las alternativas y optaron por atravesar la construcción de la galería central, situando su entrada a un costado. Foto: BORIS15 Estampilla de 1961, impresa en Colombia, que muestra la vista de Vélez.
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