Julio 2023 | 53 Coopidrogas Somos seres sociales por naturaleza, pues necesitamos interactuar y sentirnos acompañados. De hecho, la socialización comienza al momento de nacer, y no necesariamente implica hablar: es el contacto del bebé con la madre el que satisface sus primeras necesidades y le brinda cuidados y protección. En realidad, según Daniela Gómez, psicóloga infantil y juvenil con énfasis en terapia sistémica y de familia, los niños empiezan a sonreír y a relacionarse con sus padres a los dos meses, hasta aproximadamente los dos años de edad; se trata de una etapa de conocimiento y de activación de su sistema de conexiones sociales, indispensable para la vida. Un infante percibe también cómo es la relación entre sus progenitores y el trato entre ellos determina su proceso de socialización. “Si ve que hay violencia en casa puede pensar que es un comportamiento normal y que quien lo maltrata lo ama. El problema es que esto marca su vida escolar con un bajo nivel de adaptabilidad, inseguridad y miedo”, afirma. De ahí la importancia del buen ejemplo, de crear un excelente vínculo con los padres de seguridad y afecto, de no sobreprotegerlos y de brindarles herramientas de autonomía y tolerancia a la frustración desde edades tempranas, agrega la profesional. A los tres años, el niño es capaz de entender su conducta, sentimientos y pensamientos hacia los demás, como lo plantea el psicólogo Jean Piaget en su teoría cognoscitiva del ser humano. Es en esa etapa cuando empieza a desarrollar la capacidad de ponerse en el lugar de los otros, lo que se conoce como empatía. No obstante, para la psicóloga Luz Stella García, “si bien los padres tienen expectativas acerca de las habilidades sociales del niño, deben ser realistas, ya que estas no están determinadas por la edad. Obedecen a varios factores como el temperamento o el apego a los padres y hermanos. Un niño puede ser hablador y sociable en casa y tímido en ambientes nuevos como el jardín infantil. Primero debe conocer el entorno físico, luego vienen su acercamiento al profesor y a sus compañeros. Entonces, no hay reglas”. A su juicio, la socialización depende de varios factores: “La psicología tiene en cuenta la herencia, la biología en un 40% y el entorno en el 60%, es decir, el tipo de crianza se suma al temperamento (que define el modo de ser) y al carácter (que es modificable). Para la muestra: un niño puede ser tímido, pero un día tuvo que declamar un poema en frente de todos y lo hace perfecto. Entonces ¿cuál sería la conclusión?”. Un buen indicador de la socialización es el juego en grupo, debido a que, a partir de los tres años, el niño comienza a tomar conciencia de lo que significa relacionarse con otros. Hay que fijarse en su interés, en la interacción con sus pares, la cual les permitirá desarrollar la creatividad, la imaginación, la personalidad y, por supuesto, les hará establecer vínculos con sus compañeros. Entre los siete y los 12 años, según la teoría de Piaget, el pensamiento deja de ser egocéntrico y usan la lógica, que va en aumento hasta la vida adulta y les permite analizar las situaciones. “En la adolescencia, el cambio es sustancial, ya que ocurre tanto en el aspecto físico como en el cognitivo. El cuerpo se transforma, se comienza a construir la autoestima y la imagen se relaciona más con lo social, pues aquí adquiere importancia la valoración de los pares y la necesidad de interactuar en grupos. Sin embargo, algunos niños se enfrentan a la no aceptación o sienten miedo de ser juzgados y rechazados”, agrega García. Es una etapa de evolución hacia la edad adulta, en la cual las emociones pueden ser cambiantes. De ahí que los padres deban estar atentos, más aún luego de los cambios que llegaron con las clases virtuales que, por un tiempo, los mantuvieron alejados de las personas y de las aulas. Los PADRES pueden FACILITAR que sus HIJOS se RELACIONEN con otros en actividades fuera del contexto ESCOLAR.
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