Febrero 2026 | 63 Coopidrogas EL INDUSTRIAL SOLITARIO A finales del siglo XIX, Alfred Nobel era uno de los hombres más ricos e influyentes de Europa, pues era dueño de fábricas en más de una docena de países y contaba con múltiples patentes a su nombre. Sin embargo, su vida personal tenía poco del esplendor que rodeaba a su imperio. Vivía casi siempre en hoteles, viajaba sin descanso y mantenía una rutina estricta, más cercana a la de un monje que a la de un magnate. Nobel rara vez se sentía en casa en algún lugar. Vivió en París, San Remo, Estocolmo y San Petersburgo, pero siempre con la sensación de que pertenecía a todas partes y a ninguna. En varias de sus cartas, conservadas por la Real Academia Sueca de las Ciencias, se definió como “un hombre sin patria”, un reflejo de esa vida nómada que lo acompañó hasta el final. A pesar de su carácter reservado, seguía con inquietud los acontecimientos del mundo, especialmente los conflictos armados que les, pero asimismo que alimentaba explosivos militares que se expandían por Europa. Así, Nobel vivió con la conciencia de que sus inventos tenían un impacto ambivalente: la dinamita había revolucionado la ingeniería moderna, pero también sostenía la creciente maquinaria bélica europea. Esa tensión quedó reflejada en una carta que escribió en 1891 a la pacifista Bertha von Suttner, en la que afirmaba que quizá sus fábricas “pondrían fin a la guerra” cuando los ejércitos vieran el poder destructivo que podían infligirse mutuamente. Biografías y testimonios de la época coinciden en que esta contradicción lo volvió aún más introspectivo; trabajaba sin descanso, brillante pero reservado, consciente de que cada avance científico podía ser tanto herramienta de progreso como fuente de destrucción. EL DÍA QUE MURIÓ… SIN MORIR El 12 de abril de 1888, Alfred Nobel descubrió que había muerto, al menos para la prensa francesa. Los periódicos confundieron el fallecimiento de su hermano Ludvig con el suyo y publicaron un obituario despiadado: “El mercader de la muerte ha muerto”, en el que lo juzgaban como responsable moral de la destrucción moderna. Ese error periodístico se convirtió en una revelación. Si así lo retrataban en vida, ¿qué dirían cuando realmente muriera? La pregunta lo persiguió durante semanas y dio forma a una decisión radical (ver recuadro). El testamento que redactaría años más tarde no nació del azar, sino de aquella falsa muerte que lo obligó a pensar en la posteridad. crecían al ritmo de los avances tecnológicos. Sabía que su dinamita permitía construir puentes y túneNOBEL vivió con la conciencia de que sus inventos tenían un IMPACTO tanto de PROGRESO como de destrucción. Señal que indica el camino al laboratorio de Alfred Nobel en el museo que lleva su nombre, en Karlskoga (Suecia). Foto: JEPPE GUSTAFSSON Foto: TOMMY ALVEN Busto de Alfred Nobel, situado en su última residencia: la mansión de Björkborn, en Karlskoga (Suecia).
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