62 | Febrero 2026 PERSONAJE La idea del Premio Nobel nació del golpe emocional que Alfred Nobel recibió al verse descrito como “el mercader de la muerte”. Una muerte equivocada que le dio sentido a la verdadera. Aquel obituario fue, en el fondo, el inicio de los Premios Nobel. A partir de entonces, empezó a revisar su testamento obsesivamente. El resultado fue un fondo internacional destinado a premiar avances en física, química, medicina, literatura y paz, áreas que él consideraba pilares del progreso humano. Para asegurar independencia, asignó instituciones distintas para cada premio y confió el de la paz al Parlamento noruego, una decisión sorprendente para su época. Su testamento se reveló tras su muerte, y generó desconcierto entre familiares y gobiernos. Pero tres años después, en 1901, su visión se hizo realidad: nacieron los Premios Nobel, pensados no para engrandecer su nombre, sino para impulsar las causas que él consideraba capaces de mejorar el mundo. Cuando falleció (el 10 de diciembre de 1896), mientras dormía en San Remo, no hubo confusiones tipográficas ni titulares mordaces. La prensa ya no hablaba del “mercader de la muerte”, sino del hombre que había elegido reescribir la historia antes de ser escrito por ella. Su final fue silencioso, pero el eco de su decisión apenas comenzaba: desde entonces, su apellido dejó de asociarse con explosivos y pasó a nombrar uno de los reconocimientos más influyentes del mundo. Las cartas entre ambos, hoy conservadas en el Museo Nobel de Estocolmo, revelan a un hombre sensible y contradictorio, que a menudo dudaba del valor de su propio trabajo. “A veces me pregunto si mis inventos mejoran el mundo o solo lo hacen más rápido”, escribió en una de ellas. En esos textos, Nobel se muestra preocupado por el uso bélico de la dinamita, pero también por la soledad que lo acompañaba, pese a su fama y riqueza. EL CAMINO HACIA LA DINAMITA En 1864, la tragedia lo alcanzó. Un experimento fallido en la fábrica familiar de Estocolmo causó la muerte de su hermano menor, Emil, y de varios trabajadores. Aquella explosión lo marcó profundamente. “Desde entonces, Nobel entendió que la ciencia no podía avanzar sin ética”, comenta Cárdenas. “Su respuesta no fue retirarse, sino buscar Revolucionó la ingeniería civil, abrió túneles, facilitó la minería y acortó distancias. Pero también se convirtió en instrumento bélico. Nobel, el idealista, empezaba a cargar con un dilema moral que lo perseguiría hasta el final: había inventado algo que podía construir el mundo o hacerlo estallar. una forma más segura de manipular el poder que tenía en sus manos”. Tres años más tarde, en 1867, llegó el resultado: una mezcla de nitroglicerina con un material absorbente que la hacía más estable. La llamó dinamita, del griego dynamis, que significa poder, fuerza. Su invento fue recibido con asombro y miedo. El nacimiento del PREMIO NOBEL Pilar en honor a Alfred Nobel, en el Museo de Historia Natural de Nueva York (Estados Unidos). Foto: WARREN EISENBERG Foto: SPATULETAIL
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