Febrero 2026 | 61 La CURIOSIDAD por la PÓLVORA lo llevó a inventar la DINAMITA. Alfred Bernhard Nobel nació en Estocolmo (Suecia) en 1833, en una Europa que olía a carbón, hierro y pólvora. Su padre, Immanuel, era un ingeniero lleno de ideas, pero sin estabilidad económica; su madre, Andriette Ahlsell, una mujer práctica que sostuvo a la familia mientras él perseguía inventos imposibles. De ambos heredó la mezcla de ingenio y terquedad que lo acompañaría toda la vida. Cuando Alfred tenía 9 años, la familia se mudó a San Petersburgo (Rusia). Allí, el pequeño encontró su mundo ideal: laboratorios, planos y experimentos. Su padre trabajaba en la fabricación de minas navales para el ejército ruso y Alfred se fascinaba observando las chispas, los tubos y las reacciones químicas. No fue a la escuela formal, pero recibió clases privadas que le permitieron dominar cinco idiomas y desarrollar una curiosidad insaciable. Mientras estudiaba química, leía poesía inglesa y soñaba con inventar algo que dejara huella. Esa dualidad, científico y poeta, racional y sensible, sería el sello de su carácter. La prosperidad de la familia terminó con la guerra de Crimea (conflicto militar que se libró desde octubre de 1853 hasta febrero de 1856 entre el Imperio ruso y una alianza formada por el Imperio otomano, Francia, el Reino Unido y el Reino de Cerdeña). El negocio de Immanuel quebró y los Nobel regresaron a Suecia. Alfred, que ya había visto de cerca cómo la ciencia podía construir y destruir, decidió seguir su propio rumbo. No lo sabía aún, pero esa curiosidad infantil por la pólvora lo llevaría a inventar algo que cambiaría el mundo: la dinamita. DE PARÍS A LA PÓLVORA A mediados del siglo XIX, París era el corazón del progreso. En sus cafés se discutían las teorías de Charles Darwin, los inventos de Michael Faraday y los poemas de Charles Baudelaire. A ese ambiente llegó Alfred Nobel, un joven sueco decidido a abrirse paso en el mundo de la ciencia. Tenía apenas 17 años y una obsesión: entender el poder de las explosiones. Fue allí donde conoció al químico italiano Ascanio Sobrero, descubridor de la nitroglicerina, una sustancia tan inestable que podía detonar con una simple vibración. Pese a la preocupación que tenía Sobrero sobre la volatilidad de la sustancia, Nobel quería transformar ese peligro en posibilidad. “Mientras otros huían del riesgo, Nobel se acercaba a él con curiosidad. Veía en la nitroglicerina dualidad: destructiva y creativa al mismo tiempo. Su ambición no era fabricar armas, sino domesticar la energía para construir un mundo más moderno”, afirma María Fernanda Cárdenas, historiadora de la Pontificia Universidad Javeriana. Durante sus años en París, Alfred Nobel combinó la ciencia con una profunda vida interior. Leía poesía inglesa, escribía reflexiones filosóficas y se sentía tan atraído por las letras como por los experimentos químicos. Décadas más tarde, en 1876, iniciaría una correspondencia con Sofie Hess, una joven austríaca que se convertiría en su compañera epistolar durante casi 20 años. Foto: CLOUDY DESIGN Museo Premio Nobel, en Estocolmo (Suecia). Coopidrogas
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