Febrero 2024 | 61 Coopidrogas Rufino Cuervo hijo nació el 19 de septiembre de 1844 en Bogotá, donde fue bautizado por el arzobispo Manuel José Mosquera, íntimo amigo de su padre, destacado representante de la política colombiana del siglo XIX que se desempeñó transitoriamente, en 1847, como presidente de la República de la Nueva Granada. Los primeros años de vida del niño trascurrieron en una casa ubicada en el barrio La Catedral, donde estaban las residencias de la aristocracia capitalina. Fue allí, en el seno de su hogar, donde recibió su primera instrucción pedagógica bajo la tutela del propio Rufino padre. Muy pronto el pequeño demostró una capacidad de comprensión y observación inusual para alguien de su edad, destacándose particularmente en el estudio de la geografía y la gramática. FORMADO ENTRE PRESIDENTES En 1853, cuando Rufino tenía nueve años, la envolvente silueta de su padre se desvaneció, dejando huérfano al pequeño y empujándolo a incursionar en la educación formal. Su primera experiencia escolar fue en el Liceo de la Familia, colegio fundado y dirigido por su hermano mayor Antonio Basilio Cuervo, quien también se desempeñó, momentáneamente, durante una revuelta popular en Bogotá, como presidente de la República de Colombia. Como estudiante de dicha institución fue el privilegiado alumno de otros tantos inquilinos de la Casa de Nariño, como Santiago Pérez Monsalve y José Ignacio de Márquez. Este último, precisamente, fue quien decidió separar a Rufino y a su compañero Miguel Antonio Caro de los demás estudiantes del Liceo para instruirlos personalmente en latín y castellano, sacando provecho de su inusitada disposición para los idiomas. Convertido en un muchacho, en 1861 Rufino ingresó al Colegio Mayor de San Bartolomé para estudiar Lógica, un periodo de formación junto a la comunidad jesuita que resultó breve, pues las autoridades de aquellos años fustigaron a la Compañía de Jesús hasta expulsarla del país y obligarla a cerrar sus centros de enseñanza. El vaivén de su proceso escolar lo llevó a recluirse en casa para continuar su formación de manera autodidacta, dedicando los siguientes años de su vida a una rutina de estudio rigurosa y solitaria. ENTRE LA NECESIDAD Y LA GRANDEZA Tras un corto período (18671968) dedicado a la enseñanza de latín y griego para hacer frente a su mala racha económica, regresó pronto a las investigaciones de la ¡Ala, carachas!: diseccionando EL ESPAÑOL CACHACO Nicolás Bayona Posada, poeta, escritor y periodista de principios del siglo XX, afirmó que el único defecto de las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano de Cuervo era tener un título excesivamente modesto. Más que “apuntaciones”, lo que consumó Rufino fue un exhaustivo estudio sobre los usos viciados, voces mal formadas, acentos errados y giros defectuosos del castellano hablado por los bogotanos. Para fundamentar sus correcciones, el experto empleó citas de autores clásicos, referencias a otras lenguas, el rastreo etimológico, la evolución fonética y el desarrollo semántico de las palabras que componían el argot capitalino de la época. En la actualidad, tal y como alegó Bayona, las refutaciones de Cuervo tienen un alcance mucho mayor que el uso cachaco del español, ya que buena parte de ellas se podían aplicar a ciertos vicios del lenguaje en todo el continente americano. De ahí que la comunidad lingüística internacional haya puesto toda su atención en esta obra, consolidándole como una de las mayores autoridades de la lengua materna, al punto de ser nombrado, en noviembre de 1878, miembro honorario de la Real Academia Española. Busto de Miguel Antonio Caro. Foto: MF ORLEANS Foto: BLUE CASTRO
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