62 | Marzo 2023 rechinantes y poco convencionales, son algunos de los rasgos más icónicos de un estilo que, según se dice, simboliza el afán y la sencillez que caracterizan a quien busca denunciar algo mediante pinceladas. En ese sentido, la crítica de arte Ana María Escallón reseña que Beatriz “va plasmando sus comentarios pictóricos en colores planos y bajo la estructura asumida de una figuración ‘torpe’, donde queda reflejada la situación sociopolítica del país. Su irreverencia rompe tabúes, su ojo analítico destruye jerarquías. Ella es, dentro de su generación, la la estar atiborrado —o, más bien, complementado— con una multitud de recortes de periódicos. “Yo busco algo en las fotos, no las guardo todas porque no soy archivista. Yo corto rápido, no muy elegante, y luego traigo los dibujos que he hecho. Generalmente, son fotos dramáticas, no se los voy a negar”, explica González. Esta conjunción entre su empatía por la cultura popular y su fijación artística por las imágenes y fotografías impresas se vio perfectamente reflejada en la producción de una de sus creaciones más emblemáticas —si no la más—, Los suicidas del Sisga, de 1965. A pesar de haberse concebido en uno de los momentos más “improductivos” de la artista bumanguesa, la obra sería condecorada con el segundo premio especial de Pintura del XVII Salón Nacional de Artistas, de 1966. Además, las tres versiones distintas que hizo Beatriz del retrato de los amantes suicidas sentarían las bases de un característico estilo artístico y afinarían la dirección temática que la convertirían en una auténtica custodia pictórica de la memoria popular. En descripción de sus obras, la pintora explica: “Son siluetas, pero tampoco lo son porque se desvanecen. Tienen toda la actitud mía, que es realmente no pintar como se pinta en la academia. Es antiacadémico, por un lado, y, por el otro, las figuras en sí, no son tranquilas, son tristes y recuerdan acontecimientos bastante dolorosos”. EL MISTERIO DE LOS SUICIDAS Los suicidas del Sisga muestra la imagen de Antonio María Bonza, de 25 años, y de Tula Vargas, de 20, una joven pareja de origen popular. Se cuenta que tanto él —de oficio jardinero— como ella —empleada doméstica— se convencieron mutuamente de que el mundo terrenal era un lugar irremediablemente artista que realiza atentamente la crítica de la época, con su idiosincrasia y comportamientos propios”. Este interés por su contexto histórico se acompaña de una insistente atracción por los íconos de la cultura popular nacional, emergidos de los ámbitos del deporte, la política, la religión y la etnicidad. No es pues, de extrañar, que su estilo artístico esté tan fuertemente inspirado en las composiciones de la reportería gráfica y fotográfica de la prensa nacional que retrata los complejos contextos del país. De ahí que su espacio de trabajo sueSUICIDAS EN EL SALTO DEL TEQUENDAMA La conmovedora historia de Los suicidas del Sisga evoca la fama del Salto del Tequendama, en torno al cual se cultivó durante largos años la funesta tradición de concurrir al borde del abismo para lanzarse al vacío en un viaje sin retorno. Solo seis segundos es lo que tarda el descenso desde la cima de la cascada hasta su fondo, al que, desde la década de los 30, se le conoce como el Lago de los Muertos. De manera similar a lo que intentara Beatriz González con la joven pareja del Sisga, en la cima del Tequendama se recuerda la habitual presencia de un fotógrafo que vivía de retratar a los sombríos suicidas, cobrándoles anticipadamente por el envío de su fotografía a las respectivas familias, acompañadas de una nota de despedida. Foto: Óscar Monsalve. Pintura Los suicidas del Sisga (1965). CULTURA
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