Revista_Coopidrogas_Marzo_2023

Marzo 2023 | 61 Coopidrogas Beatriz González Aranda habita un apartamento capitalino con vista a los Cerros Orientales, las Torres del Parque, la plaza de toros La Santamaría, el Planetario y el Parque de la Independencia. Desde semejante escenario, y siendo ya una nonagenaria, la artista cumple una rutina diaria que empieza a las nueve de la mañana, hora en que esgrime sus pinceles para desplegar sobre lienzo y caballete la técnica que ha perfeccionado durante siete décadas. “Yo creo que soy pintora por naturaleza y tengo que estar pintando”, confiesa, a propósito de su ritual matutino. Daniel Ripoll comenta que, alrededor del mediodía, su madre suspende los trazos y anuncia: “Bueno, ya acabé, nos vamos”, pues para ella, el arte –como las comidas– tiene sus tiempos. “Es bien simpático que una persona que hace cosas tan impresionantes y abrumadoras tenga esa disciplina. Es mucho orden para alguien que no debería tenerlo”, agrega el hijo, quien atribuye esta característica a la extracción santandereana de la pintora. Esto sucede sin falta de martes a viernes, pero los fines de semana los destina sagradamente a pasarlos junto a su esposo, Urbano Ripoll, en una finca aledaña a Bogotá. El 16 de noviembre de 2022, González cumplió 90 años, más de la mitad de los cuales ha dedicado a ejecutar esta rutina de creación pictórica, investigación académica e historiografía artística, gracias a la cual se ha convertido en una de las artistas vivas más relevantes e influyentes de su generación en Colombia. CONTEXTOSPROPICIOS E INFLUENCIAS ARTÍSTICAS “Debo mi invención a la libertad que tuve”, afirma Beatriz, refiriéndose al ambiente tan favorable hacia la creación auspiciado por la crianza inusualmente liberal que les dieron Valentín González Rangel y Clementina Aranda Mantilla a sus tres hijos. De aquellos años de infancia en Bucaramanga, la pintora recuerda que su padre se refería a ella, la hija menor, como “la niña que es artista”. Pero su progenitor no era el único que veía lo que se venía, pues muchos recuerdan la ocasión en que, a los 10 años, la pequeña Beatriz dibujó con carboncillo y esfuminó una mandarina. El dibujo cautivó a las madres del Colegio Franciscano de la Santísima Trinidad, quienes, en un gesto premonitorio, aclamaron a la pequeña de quinto grado arengando: “¡Una artista, una artista!”, mientras agitaban entre sus manos el papel con la mandarina. Entre los hitos más recordados de su formación académica se cuentan los dos años de Arquitectura que cursó en la Universidad Nacional de Colombia; un año profundizando la técnica del grabado en la Academia Van Beeldende Kunsten de Róterdam (Países Bajos); el curso sobre el Renacimiento en Italia, dictado por la historiadora de arte argentino-colombiana Marta Traba; y sus años como estudiante de Bellas Artes en la Universidad de los Andes. En este último escenario se formó junto al pintor Luis Caballero Holguín y bajo la docencia de la propia Marta Traba, del pintor y artista plástico colombo-español Juan Antonio Roda, del diseñador gráfico —y paisano bumangués— David Consuegra, y del escritor Ramón de Zubiría Jiménez. Ante tanto talento, es comprensible que González recuerde con nostalgia que “las humanidades en los Andes eran maravillosas”. UN ESTILO INSPIRADO EN RETAZOS DE LA HISTORIA “No rechazo colores —advierte Beatriz— porque me parece que cada uno tiene una función y sirve para expresar algo. Pero sí tengo condenado al blanco, que lo uso solamente para aclarar. Creo que solo hay un cuadro mío en el que aparece un pedacito blanco”. Y así como censura esa tonalidad, la artista también rechaza los apodos que suelen atribuírsele. Prefiere autodefinirse, con humildad, como una artista que atestigua el desarrollo de la historia y que registra sin adornos el entorno que habita. En efecto, su obra pictórica explora —desde diversos ángulos— los temas que han rodeado el panorama histórico, político y cultural de Colombia, particularmente, el sufrimiento colectivo asociado a la violencia, la guerra y la muerte. Trazos fuertes, figuras irregulares, escenas crudas, colores planos, a veces Beatriz González Aranda. Foto: Cristian Garavito para El Espectador. La obra del televisor pintado con el rostro del expresidente Julio César Turbay fue icónica. Foto: Beatriz González: Una retrospectiva. Museo de Arte Miguel Urrutia. Banco de la República.

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