Revista_Oct

62 | Octubre 2022 PERSONAJE Según el diario, el día empezaba a las 6:45 de la mañana, con los turnos para entrar al baño. Seguían un plan estricto, pues, a las 8:30, debían estar en completo silencio, ya que a esa hora comenzaba a trabajar el personal del almacén y no podían hacer ruidos que los delataran. Incluso, estaba prohibido estornudar, toser, reírse o ir al baño porque el desagüe pasaba por el almacén. El resto de la mañana la pasaban leyendo, estudiando o preparando la comida. Ana practicaba taquigrafía, junto con Margot y Peter. También estudiaba francés, alemán, álgebra e historia. A las 12:30 del mediodía, cuando los que laboraban salían a comer, los clandestinos comían con sus protectores en la trastienda, y a la 1:00 p. m. encendían la radio para escuchar las últimas noticias de la guerra. En la tarde, Ana aprovechaba para escribir mientras los demás tomaban la siesta. A las 5:30 p. m., cuando los empleados terminaban la jornada, aprovechaban para salir del escondite y moverse libremente por todo el edificio. “Según relata, en la rutina del final del día se sentían menos cohibidos. Por ejemplo, Hermann van Pels revisaba el correo del día, Peter van Pels recogía el pan que les dejaban en la oficina, Otto Frank revisaba los movimientos contables de la empresa, Margot y Ana hacían trabajo de oficina, como clasificar cartas, y Auguste van Pels y Edith Frank preparaban la cena. Después de comer, el grupo leía, charlaba o jugaba y a las 9:00 p. m. se preparaban para ir a la cama”, explica Loaiza. A pesar del esfuerzo de Otto Frank para que no se dieran conflictos, la convivencia no fue fácil. Ana, que compartía la habitación con Fritz Pfeffer (quien tenía la misma edad de su padre), experimentaba continuos roces con él por el uso del escritorio, además de ver su privacidad limitada. Uno de sus relatos dice: “Estoy mareada por la cantidad de palabrotas que han volado en este último mes en esta honorable casa. Papá anda por la casa con los labios apretados. Cuando alguien lo llama, se espanta un poco, por miedo a que nuevamente lo necesiten para resolver algún asunto delicado (...). Francamente, a veces ya ni sé con quién estamos peleados o con quién ya hemos vuelto a hacer las paces”. Allí Ana comenzó a madurar a la fuerza. En su diario está claro que se sentía alejada de su mamá, que se acercó mucho a su hermana mayor y que no se llevaba bien con otras personas, como la señora van Pels o con Pfeffer. Al inicio, incluso, rehuía la compañía de Peter van Pels que, con el tiempo, se convirtió en su primer amor. La clandestinidad llegó a su fin abruptamente el 4 de agosto de 1944, cuando agentes del escuadrón de protección nazi, dirigidos por el sargento Karl Josef Silberbauer, irrumpieron inesperadamente en la casa y descubrieron el escondite del “anexo secreto”. Todos los que permanecían ocultos fueron arrestados, incluso dos de sus protectores: JohAnas Kleiman y Victor Kugler. EL HORROR DEL HOLOCAUSTO A la fecha no está claro quién delató a los ocupantes del escondite, solo hay hipótesis, pero ninguna prueba. Gertjan Broek, investigador principal de la Casa de Ana Frank en Ámsterdam cree que es posible que los Frank no hayan sido traicionados, sino que pudieron ser descubiertos por accidente. Los dos protectores fueron dejados en libertad, pero los ocho judíos fueron llevados al campo de tránsito Westerbork, hasta que los nazis los trasladaron al campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau. El viaje en tren duró tres días, en vagones abarrotados de prisioneros en pésimas condiciones. A su llegada a Auschwitz, los hombres y las mujeres fueron apartados. Esa fue la última vez que Otto vio a su esposa e hijas. Casa de Ana Frank, en los Países Bajos. Tumba de Ana y Margot Frank, en Alemania. Foto: WIRESTOCK CREATORS Foto: BESTWEB

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