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Octubre 2022 | 57 Coopidrogas ser objeto de fascinación pública por la apertura de una nueva exposición que multiplica su valor cultural y reanima el interés de expertos y aficionados. Se trata de las reliquias encontradas en una domus –palabra latina con la que se conoce a las más pudientes viviendas familiares de la Roma de antaño– de dos pisos de altura construida hace aproximadamente dos mil años, durante el período del emperador Publio Elio Adriano, entre 134 y 138 d. C., y, posteriormente, desmantelada y sumergida al emprender el ambicioso proyecto de las termas. La presencia subterránea de la edificación ya habría sido advertida bajo los baños en, al menos, dos ocasiones. Primero, en el siglo XVIII, por el anticuario Francesco Ficoroni Fotos e ilustraciones: ©2022 SHUTTERSTOCKPHOTOS ¿Qué son LAS TERMAS? Provenientes de la palabra latina balneae, las termas fueron un tipo particular y popular de construcción de la civilización romana por cuya función hoy son retrospectivamente definidas como “baños públicos”. “Esta abreviada caracterización, sin embargo, se queda corta”, según reseña el historiador Álvaro Hernández, pues la higiene no era el único asunto a tratar en las termas, sino que “estos recintos se convirtieron en un lugar común de congregación social, lúdica, comercial, intelectual y política”. El equivalente contemporáneo sería una suerte de combinación entre spa, gimnasio, biblioteca, galería de arte, mercado y restaurante. “De ahí que toda ciudad que tuviera algún grado de importancia y prestigio en el antiguo imperio contaba con, al menos, una de estas cisternas públicas”, concluye el experto. Como preámbulo del fascinante descubrimiento y restauración de los denominados “frescos de Caracalla”, vale la pena contextualizar nos en el lugar donde fueron hallados. Se trata de las Termas de Caracalla, uno de los yacimientos arqueológicos más célebres de Roma, solamente comparable, en solemnidad y antigüedad, con monumentos de la envergadura del Coliseo de Roma, el Circo Máximo, el Foro Romano o el Arco de Constantino. Este complejo hidráulico o baños, la mayor parte del cual fue construido durante la regencia de los emperadores Septimio Severo y su sucesor Caracalla (entre 193 y 217 d. C.), “fue, en su momento, el más grande de su tipo situado en la capital imperial, superado únicamente por la construcción, casi un siglo después, de las gigantescas Termas de Diocleciano”, apunta el historiador y docente Álvaro Hernández. Si bien la obra no fue completada integralmente, sino hasta 235, su inauguración fue apresurada en 216 bajo instrucción de Caracalla, quien, en aras de abrir paso al nuevo proyecto arquitectónico en la Regio XII de la ciudad, conocida hoy como la “Roma Antigua”, ordenó el desplazamiento de varios asentamientos previos. “Las edificaciones allí situadas fueron demolidas hasta sus cimientos y luego sepultadas bajo tierra con el propósito de erigir los baños que inmortalizarían el nombre de Caracalla”, continúa el experto. Hacia el año 537, caída el ala occidental del imperio, el monumental balneario fue abandonado y su suministro de agua suspendido, tras lo cual las instalaciones fueron saqueadas y violentadas hasta convertirse, con la demoledora estocada del terremoto de 847, en lo más parecido a las ruinas que actualmente se aprecian. Solo hasta el siglo XIX, se iniciaron trabajos arqueológicos que dieron lugar a los primeros descubrimientos esculturales, pictóricos y arquitectónicos. Ya por la década del 70, del siglo pasado, la gesta restaurativa del gobierno italiano desalojó algunas edificaciones ilegales aledañas y despejó la vegetación más densa de la zona para construir las instalaciones modernas que, desde 2001, reciben anualmente a miles de visitantes y turistas provenientes de todo el mundo. UNA ‘DOMUS’ EXTRAVIADA EN LA HISTORIA En la actualidad, tras haber sobrevivido con leves daños a los terremotos de 2009 y 2016, este milenario complejo cultural vuelve a

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